De la muerte de David Foster Wallace

Rachel entró en la habitación, encendió la luz y me dijo: “es hora de levantarse, cariño”. Se sentó en la cama, me puso la mano en la cabeza y me dijo: “Tengo una mala noticia: David Foster Wallace ha muerto”.

No es casual que Rachel tuviese tan presente mi especial fascinación por DFW. Dos semanas antes me escuchó hablar largamente sobre su obra, sobre su crónica del fin de una época, sobre su desbordante inteligencia, sobre su personalidad. El motivo fue mi plan de visitar, el día siguiente, la State Fair de Minnesota, el equivalente local a la feria de Illinois que DFW describe en su famoso artículo “Dejar de estar bastante alejado de todo”. Lew, mi suegro, neoyorquino hasta la médula, no quería ir. Le hablé de la hilarante perspectiva sobre estas ferias que había escrito DFW, y que para mi era inexcusable visitar la Feria para ver todo aquello por mí mismo.

Sin embargo, una de las ideas en las que más insistí fue que, contrariamente a lo que podría parecer, el texto es divertido (sobre todo) porque DFW no lo está pasando bien. Al igual que su viaje en crucero, visitar la feria de Illinois es algo que DFW (en mi opinión) no tenía intención de volver a hacer.

Mi experiencia en la feria fue muy feliz. En el focoforo dejé constancia. A pesar de que todo lo que decía DFW estaba allí, yo me lo estaba pasando muy bien. No recordaba que él dijera en algún momento que las salchichas recubiertas de crujiente pasta de maíz fueran marranamente deliciosas, ni que existiesen en versión king size. De hecho no recuerdo una descripción del alegre bullicio que se agolpaba alrededor de las propuestas gastronómicas más inverosímiles, como tampoco recuerdo que dijera que en el prospecto de la feria indicaran los puestos donde se regalaban cosas. Disfruté de tres chispeantes teens con gafas de sol de juguete karaokeando a las Spice Girls, y a una banda local de pop indie que ironizaba sobre cómo con su música estaba mejorando “la experiencia de comer las crepes de la abuela Amy” a su atocinada e indiferente audiencia. Buscando una foto concreta, acabé sin darme cuenta en el centro del ruedo donde se acababa de celebrar el concurso de terneros. Y aunque no lo recuerde, seguro que estas mismas cosas están en ese artículo, rezumando calor, sudor, y olor a mierda. En definitiva, fui allí a jugar a ser DFW, y al poco rato me cansé, y preferí reírme de las mismas cosas que él, pero sin filtrar las fuentes de placer que me asaltaban en cada esquina. Renuncié a su lacerante, obsesivo y desternillante detallismo para poder gozar de una oveja a punto de parir y rodeada de niños saltando a su alrededor.

Por tanto, me sentí reforzado en mi tesis. La combinación que se nos hace irresistible del DFW cronista es el ejercicio de abstracción de lo cotidiano de la energía viva que lo anima, hasta convertir lo cotidiano en algo grotesco que parece más real que lo real, porque hace que nos fijemos en lo que de otra manera se nos pasaría por alto. Si DFW hubiese sido un cínico, como tantos asnos proclamaban, hubiese hecho un crucero con sus amigotes o su mujer una vez al año para descojonarse de los capitanes griegos.

A pesar de eso, yo nunca pensé por su obra que DFW tenía tendencias suicidas. Tampoco lo he pensado de Rothko cuando miro sus cuadros, a pesar de que algunas de sus obras me parezcan francamente deprimentes. Uno piensa que estos artistas tenían, como tantos otros, su mecanismo de compensación de la neurosis, que les hacía seguir viviendo. Al observar las delicadas periferias de los rectángulos de Rothko pensaba que allí estaba el punto de fuga de tanta tensión. Deben ser equilibrios muy frágiles, los de estos tipos de genios. No leí muchas entrevistas ni textos sobre DFW. Vi una vez unos youtubes de Wallace hablando en Italia. Me pareció que a pesar de su edad y experiencia docente, seguía siendo demasiado introvertido para sentirse cómodo ante una audiencia.

Por lo tanto, estas reflexiones previas a su muerte no sirven de nada para explicar la brutalidad de su decisión. No tengo ni puta idea de porqué decidió suicidarse. A las pocas horas, en los comentarios de la noticia del LA Times leí como alguien bromeaba con que había dejado una nota de suicidio de trescientas páginas y un número igual de anotaciones al pie. Eso resolvería mejor el enigma, desde luego, pero me parece improbable. Estos días he pensado que nosotros nos hemos estado riendo a costa de su malestar, y con este último gesto, tal vez él tuvo una luz de satisfacción anticipando el nuestro. El suicidio puede ser un juego de espejos existencial tremendendamente complejo. Y DFW era un adicto a ellos.

Tal vez DFW quedara atrapado en su transitar desgarrador por el laberinto postmoderno. A mí nunca me interesó DFW como modelo literario (algún estólido tiene la pretensión de ser parecido), sino como retador intelectual. Me interesó como autor que dio un puñetazo en la mesa del pensamiento y de la literatura postmoderna, el DFW que nos abrumaba con su dominio del lenguaje y del pensamiento para demostrar que podía llegar a los límites del paradigma dominante como nadie podía hacerlo. Como si en un golpe de autoridad agotara las posibilidades de la novela, el ensayo o el cuento. Como si quisiera acelerar las cosas, evitar que nuestra cultura se perdiera en el afán incrementalista de la creencia de que las vueltas de tuerca darían algo verdaderamente nuevo. Así que no hay relectura posible de su obra tras su muerte. El reto sigue vigente. Esto es lo que creo. Y como no lo leo en ningún sitio, aquí lo comparto con vosotros.

DFW era por estas extrañas razones mi autor favorito vivo, y tenía una significación especial para mí. “Algo supuestamente divertido…” fue uno de los primeros libros que me regalaron Chili y Tones, cuando me animaban a escribir en Mondo Brutto solo por lo que había escrito en la lista, en una época de intercambio intenso, espontáneo e indiscriminado de descubrimientos e intimidades. Me dieron la razón (ese libro) para escribir, junto con los ánimos (su confianza). Nunca disfruté de los cuentos de DFW, tal vez por que me pareció un formato que soportaba mal ponerlo al servicio de su demoniaca inventiva. La forma me cegaba. La Broma Infinita me volvió loco, y escribí en el Cultura|s sobre ella como la novela postmoderna definitiva. Nunca una novela me dio tanto a cambio de tanto. Cuando la gente me veía con el libro (lo llevaba a todas partes) y me preguntaba si se lo recomendaba, yo decía que si no encontraba todo lo que quería encontrar en una página al azar, que ni lo comenzara. Sin sentirse deslumbrado por cada una de sus frases (a pesar de su renqueante traducción), ese libro debe ser insufrible. Lo llevé incluso a la cola de un concierto en el Razmatazz, porque no podía parar de leerlo. Un chico me preguntó qué pensaba, puesto que tenía que reseñarlo para una revista gratuita de tendencias y no tenía ganas de leerlo. Cuanto terminé el libro y leí unas cuantas reseñas en la web (siempre leo las reseñas después de leer los libros), me pareció que todas las españolas eran una regurgitación de la del New York Times. Comenté estas anécdotas a Jordi Costa y me dijo que él calculaba que (por aquel entonces) sólo se la habían leído dos o tres personas en España. Así que desconfien de la gente que dice que la ha leído, y no sabe en qué lugar de la novela aparece su nombre. “Consider the Lobster” lo leí en inglés y hadcover al poco de salir, no podía esperar ni un segundo. Y ahora ya está. De un dia para otro, tengo su obra “presque complète”.

En definitiva: 1) los cruceros no deben ser tan terribles y 2) vamos a echar mucho, mucho, mucho de menos a ese hijo de puta

Se me ha ocurrido linkar como epílogo un youtube titulado “2008 MN State Fair Amateur Talent Contest Finals – Preteen”. Creo que si lo ven entero, entenderán mejor lo que tórpemente y de un tirón he escrito más arriba, y cómo me siento.



16 September 2008 | Confesiones, Guia de Supervivencia, Noticia, Reseñas y críticas | Comments

3 Responses to “De la muerte de David Foster Wallace”

  1. 1 Alvy Singer 16 September 2008 @ 11:50 pm

    Maravilloso, Lindyhommer. Es muy bello.

  2. 2 Alvy Singer 17 September 2008 @ 2:52 am

    Muy bello pero maravillosamente triste. Que quede constancia y aclarado.

  3. 3 Don Lindyhomer 17 September 2008 @ 8:49 am

    Gracias, Alvy. Igual me he puesto demasiado sentimental, para variar.
    Acabo de fijarme en la letra de la canción de la pretín; joder, que epílogo más inquietante ha quedado.

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