De postpoesía, videojuegos, y trash entre amigos (y III)

En la primera parte de este post, vimos que de acuerdo con AFM, un examinador de patentes de nanotecnología es un voraz lector de poesía postpoética, y no lo sabe. Pero que la ciencia es una forma de ficción (mentiras útiles, nos recuerda Patxi Lanceros) como lo es la religión ya lo sabíamos por Hölderlin cuando hablaba de los Hespéricos y los Egipcios; y por Andy Warhol sabíamos también que recontextualizar cualquier objeto (y esto incluye lo científico-técnico) no era privativo de los artistas. Al no estar convencidos pues de que la recontextualización sistematizada de lo científico indicara un horizonte propiamente postpoético, examinamos en la segunda parte del post la relación entre los videojuegos y el arte, y descubrimos grietas en las que se nos antojaba que habitaba la postpoesía en su formato más duro. En la juguetona colisión postpoética de arte y ciencia veíamos que, debido a la desaparición del sujeto en la postmodernidad, la dinámica postpoética se dejaba arrastar de nuevo por la fascinación del auto-representarse del juego. Y todo esto por que comprobamos que lo divertido de la postpoesía dura es hacerla uno mismo; hacerla para uno mismo. Hay mucho en la formulación de la poesía postpoética de resituar lo que Gadamer llamaba la “distinción estética”, para descubrir un universo científico que ha sido infrautilizado por el artista, y en eso AFM muestra un motor genuino de creación artística al señalar territorios muy vírgenes en nuestro país. Pero por otro lado, no olvidemos que Duchamp sólo hizo una docena de “Ready-Mades”; los justos para que pilláramos la idea.
Decíamos, finalmente, que existen obras de arte que se comportan como “onda y corpúsculo” al mismo tiempo, y que eso era algo en lo que debíamos fijarnos, y que los videojuegos pueden mostrar el camino en un futuro.
En la tercera parte que abordamos ahora, introducimos el tercer elemento en liza: la sesión Trash entre Amigos. Asumimos que los cuatro que leerán esto son sus organizadores y allegados, así que nos autoeximimos de resumir qué es mediante este link, y lo que dice el propio creador en los links al Cultura|s que encontrarán en este post. Así podremos concluir agilmente este 101 de hermenéutica gadameriana aplicada a las derivas del arte.

Si la postpoesía reclamaba algo que siempre ha sido consustancial a la buena poesía (que sea relevante), Trash entre amigos hace lo propio para el cine. No se trata de reinventar la rueda; se trata de revitalizar algo que ha perdido (es la dinámica natural) su pregnancia simbólica.
Pero antes de entrar en harina, hagamos primero un repaso rápido de las tres características fenomenológicas del (video)juego, y verán ustedes que Trash entre amigos las comparte con el juego y el arte:

a) Primado del (video)juego respecto a la conciencia del jugador: la anécdota que explica Raúl de la chica a la que Trash entre amigos había logrado olvidarse por un rato de sus preocupaciones es muy ilustrativa. Nos pasa cuando jugamos a un videojuego o cuando nos enfrentamos a una obra de arte. Como dice Gadamer siguiendo a Platón en Fedro, “en realidad, estar fuera de sí es la posibilidad positiva de asistir a algo por entero”.

b) El (video)juego es libertad: no la sentirá de la misma forma el que participa activamente en Trash entre amigos que el simple curioso que se acerca. Pero cuidado con no caer en una confusión: esta libertad ocurre también en un cine con silencio sepulcral. Aquí nos encontramos algo que habíamos visto en la formulación de la postpoesía, en cuanto que “va contra algo”. Y la elección predilecta por Raul para la celebración de Trash entre amigos hay que hacerla en esa lectura. Si se piensa con calma, una sala de cine tradicional es un escenario bastante poco apropiado para hacer un Trash entre amigos, como lo es una sala de conciertos para hacer un concierto de Ultraplayback, en los que siempre se ha tratado de que el público pudiera subir al escenario a cantar y bailar, para enfado de los responsables del recinto. Pero tiene el valor de apuntar a algo: eso debe ocurrir ahí también.

c) El (video)juego como representación: el Trash entre amigos no tiene una finalidad fuera de sí mismo. Lo dice Gadamer: “la celebración no consiste en que haya que ir para después llegar”.

Alguno querrá que nos extendamos en explicar porqué saber celebrar una fiesta es un arte, o porqué el arte tiene carácter de fiesta. Sería un ensayo demasiado largo de escribir, y que ya está escrito. Y por eso existe Trash entre amigos; para reconectar con algo que habíamos olvidado sin tener que leer un libro de filosofía. Ir al cine o al teatro, (aunque pueda resultar paradójico con el “ir en contra” de Raul), SIEMPRE tiene el carácter de una fiesta. Otra cosa es que uno quiera participar o no.

En este mundo en el que ya nadie baile y todo el mundo es DJ (entiéndase esto último como algo que queda en una pretensión), cada vez hay más espectador que renuncia a ese estar “fuera de si”. Y si uno no sale de sí mismo, no entra en la obra. Algo que tiene que hacer el propio espectador. En el caso del cine y cualquier otro arte, y en el del videojuego, se da lo que Gadamer llama una mediación total. “Mediación total significa que lo que media se cancela a sí mismo como mediación”. Trash entre amigos reintroduce la mediación en una proyección de cine, y desplaza la atención en la obra para redirigirla a la fiesta. ¿Qué consigue con esto?

En primer lugar, recordar que “celebramos al congregarnos algo y esto se hace especialmente claro en el caso de la experiencia artística. No se trata solo de estar uno junto al otro como tal, sino de la interacción que une a todos y les impide desintegrarse en diálogos sueltos o dispersarse en vivencias individuales.” Esto ha ocurrido siempre en las salas de cine, desde los vítores al héroe cuando mata al villano envueltos en un jolgorio colectivo, hasta ese compartir llantos y sonarse la nariz en el más sepulcral silencio durante la película dramática.

En segundo lugar, crear una ruptura en una tendencia del arte, que está detrás de muchos de los asuntos que tanto preocupan al Doctor Repronto, como la distinción de alta y baja cultura, o la contracultura. Vamos a tirar mucho de citas, porque se acerca la hora de cenar y nos queremos quitar el texto de encima. Dice Gadamer en “La actualidad de lo bello”:

“Si meditamos detenidamente por un momento qué es lo que queremos decir con arte y de qué hablamos cuando hablamos de arte, resulta la siguiente paradoja: el llamado arte clásico que tenemos a la vista es una producción de obras que, en sí mismas, no eran primariamente entendidas como arte, sino como configuraciones que se encontraban en sus respectivos ámbitos, religioso o secular, de la vida, como una ornamentación del modo de vida propio y de los actos consiguientes: el culto, la representación del poderoso, y cosas semejantes. Pero, desde el momento en que el concepto de «arte» adoptó el tono que para nosotros le es propio y la obra de arte empezó a existir totalmente por sí misma, desprendida de toda relación con la vida, convirtiéndose el arte en arte, es decir, en musée imaginaire en el sentido de Malraux, desde que el arte no quiso ser ya nada más que arte, comenzó la gran revolución artística, que ha ido acentuándose en la modernidad hasta que el arte se ha liberado de todos los temas de la tradición figurativa y de toda inteligibilidad de la proposición, volviéndose discutible en ambos lados: ¿es esto todavía arte? ¿De verdad que eso pretende ser arte? ¿Qué se oculta en esta paradoja? ¿Acaso el arte ha sido siempre arte, y nada más que arte?”

Además, en Trash entre amigos recuperamos la temporalidad de lo estético. Lo que Gadamer llama “el tiempo lleno” o “tiempo propio”:

“Existe otra experiencia del tiempo del todo diferente, y que me parece ser profundamente afín tanto a la fiesta como al arte. Frente al tiempo vacío, que debe ser «llenado», yo lo llamaría tiempo lleno, o también, tiempo propio. Todo el mundo sabe que, cuando hay fiesta, ese momento, ese rato, están llenos de ella. Ello no sucede porque alguien tuviera que llenar un tiempo vacío, sino a la inversa: al llenar el tiempo de la fiesta, el tiempo se ha vuelto festivo, y con ello está inmediatamente conectado el carácter de celebración de la fiesta. Esto es lo que puede llamarse tiempo propio, y lo que todos conocemos por nuestra propia experiencia vital. Formas fundamentales del tiempo propio son la infancia, la juventud, la madurez, la vejez y la muerte. Esto no se puede computar ni juntar pedazo a pedazo en una lenta serie de momentos vacíos hasta formar un tiempo total. Ese flujo continuo de tiempo que observamos y calculamos con el reloj no nos dice nada de la juventud y de la vejez. El tiempo que le hace a alguien joven o viejo no es el tiempo del reloj. Está claro que ahí hay una discontinuidad. De pronto, alguien se ha hecho viejo, o de pronto, se mira a alguien y se dice: «Ya no es un niño»; lo que ahí se percibe es el tiempo de uno, el tiempo propio. Pues bien, me parece que es también característico de la fiesta que por su propia cualidad de tal ofrece tiempo, lo detiene, nos invita a demorarnos. Esto es la celebración. En ella, por así decirlo, se paraliza el carácter calculador con el que normalmente dispone uno de su tiempo”.

A lo que vamos: si vimos un mundo de posibilidades postpoéticas en la intersección de (video)juego y arte; en Trash entre amigos (en la interesección de fiesta y arte) vemos otro, y que aparece ya por ahí cuando en los centros de arte entra el dospuntocerismo bien entendido. Introduciendo grietas de contextualización vivencial en el arte, y de la experiencia temporal que le es propia, hallaremos nuevas postpoéticas, transpoéticas, o como queramos llamarlo. Es decir, seguiremos haciendo arte.

8 December 2010 | Confesiones, Reseñas y críticas | Comments

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